Con el advenir del siglo XX, denominado por Eric Hobsbawm como un siglo “corto” caracterizado por el derramamiento de sangre en defensa de ciertas ideas que acérrimamente contrastaban en las formas de organización de las sociedades en ese momento contemporáneas, surgió un nuevo estrato de hombre, hijo de las primeras burguesías dispuesto a defender y revindicar su lugar.
Ciertos síntomas de cambio se asomaron desde afuera a una nueva configuración argentina, a un fiel reflejo de lo que sería el mundo, aunque este país también le contribuyó con la audaz Ley Electoral Nº 8.871 -Ley Sáenz Peña-, que reemplazó el voto calificado por el sufragio universal.
Un nuevo mapa en configuración llevó consigo la presencia de nuevos protagonistas indispensables para lo que seria el nuevo siglo, pero como se ha señalado antes en construcción, esta instancia entrañó concretos pasos importantes en el encuadran perfectamente la reforma universitaria de 1918.
Esta etapa implicó acciones tanto arriesgadas como aventureras si se tiene en cuenta las repercusiones que se sienten, pero también necesarias si se quiere analizar la real secuela que existen en los aspectos básicos y que conciernen a las actuales casas de estudios superiores, no solo en argentina sino también en Latinoamérica.
Es difícil imaginar, con una educación plena, las condiciones pasadas en que las cátedras eran rehenes de la arbitrariedad o que los contenidos dependían del dominio escolástico y clerical en la
educación superior, era evidente que el cambio que implicó la reforma o su misma esencia pudo provenir de la misma Europa, que se debatía desmitificar el mismo objeto de las ciencias.
Y es aquí cuando entra el verdadero efecto de la relevancia de esta reforma, hija de los oriundos de aquella ley de educación común de 1884, nuevos protagonistas de una nueva Argentina que permiten poner esta acción en el mismo peldaño que la ley Sáenz Peña, y ser la potencial sustancia de lo que significó también el Mayo Frances del 68.
Ya no se puede hablar de un proceso sociohistórico netamente argentino, sino que ante tales evidencias y factores, se convirtió en una reforma importante que ante tales instancias influyó, y difundió la esencia de un nuevo siglo, que pese a ser sangriento, en otras formas doto al hombre de un carácter democrático y pluralista.
Con este panorama y con un nuevo siglo que ya dejó de asomar para convertirse en realidad, es difícil de predecir si surgirán como resultado de los cambios externos, como en aquel momento, nuevas personas con el mismo espíritu de emprender, aventurar y dictar nuevas normas o virtudes y que estas sean relevantes para nuevas necesidades desde Argentina al orden mundial.
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